―Qué quieres que te diga
si cuando apareciste,
decidí probar la poesía―
y perderme entre las palabras
que no me atrevo a decirte,
para sentir que no las abandono,
que las protejo con mi vida,
que las cuido
y que las siento.
No sabía que llegaría a esto,
pero supongo que es por ti.
Tú llegaste de la nada,
habiendo estado siempre ahí
y por eso me pregunto tantas veces
cómo es posible que no me diera cuenta
de que eres el resultado de todas las sumas,
que dos por cinco es tu sonrisa
y uno más uno somos tú y yo,
sentados en la arena un día de agosto
mientras restamos el mundo
entre besos y caricias.
―Qué quieres que te diga,
si cuando me miraste por primera vez,
sentí que eras como un tsunami
y tampoco me equivoqué del todo,
provocas huracanes de locura,
cielos despejados un día nublado
y catástrofes en mis latidos,
con tan sólo pronunciar mi nombre,
o pronunciandólo en silencio,
así como lo haces con todo
y todavía no me lo explico.
Déjame que te confiese
que es alucinante esto que consigues;
esto de que mis dedos sientan las teclas
como suaves caricias de tus manos en mi pelo
y del viento una tarde de calor,
y del calor en una mañana de invierno.
Como un pianista con los ojos vendados
pronuncio las notas de tus pupilas
así como absorbo el amor
que llevas en los huesos.
Y te pienso tantas veces,
que ya no sé si el cielo es inmenso,
si el frío quema o es el sol que hiela,
si las lágrimas son saladas
o si es dulce la venganza de tus labios,
cómo saberlo si todavía no los he probado,
cómo tenerte si todavía pronuncio un todavía,
cómo odiar la vida si existes,
cómo amar el mundo contigo.
―Qué quieres que te diga
si cuando apareciste,
decidí probar la poesía―
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