martes, 22 de julio de 2014

Delirios de nacimiento.

Nacimos para fastidiarlo todo
para creer en algo
y después,
hacer todo lo contrario,
porque al fin y al cabo,
eso es lo que nos hace
increíblemente
creer de verdad.

Nacimos para olvidarlo todo
como cuando te prometes
que te acordarás de algo
y luego desaparece,
sin dejar rastro,
de la nada y del todo constante
que nos lleva la vida.

Nacimos para lamentarlo todo
como cuando lloras
asegurando que no sabes porqué,
pero observando a la vez
en una mezcla de frágiles recuerdos,
todos tus errores bailando con la pena
que se viste de domingo.

Nacimos para saborearlo todo
como cuando te dices
que no volverás con él
y luego te tragas
tus propias palabras
a la vez que su saliva
y por qué no, 
un poco de rencor,
que a veces sabe bien―.

Nacimos para amarlo todo
como cuando le miras
y se te cae el mundo encima,
como cuando te imaginas
el olor de su camisa
y las llagas de su sonrisa
al compás de tus caricias.

(...)

Nací para escribirte, supongo
como cuando me decía
que no te ibas a colar
en esta poesía,
que ya te escribo bastante,
que no te quiero desgastar
y que puedo controlar
este hambre de quererte
aunque mis tripas hablen
y yo no escuche.

Y aquí me encuentro
fastidiando todo,
olvidando todo,
lamentando todo,
saboreándote todo,
amándote todo,
escribiéndote todo.

¿Cuándo fue el día
que te cambiaste de nombre?
Creo fastidiar que
lo he olvidado
y lamento saborearte
sin identificación,
amando lo que escribo,
llamándote 'todo'.

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