Ya sabes, mis palabras se ponen menos nerviosas cuando las escribo sobre papel. Será porque se quedan quietas y no se me pueden escapar de las manos, ni ningún viento se las llevará tarde o temprano. Sé... que siempre quisiste que te escribiese algo. Siento que sea en una situación como esta, ya sabes también que a veces puedo resultar bastante inoportuna. Sí, también sé que nos comportamos como unos críos jugando a ser adultos. Ni siquiera éramos conscientes de que estábamos siendo adultos jugando a ser unos críos. Y ahora, nos hemos topado con un mundo que parece quedarse grande ante nuestros ojos. Pero no hay mundo que valga si no te tengo y creo que ése es mucho más grande que cualquier otro.
Como te decía, anoche apareciste de alguna manera en mi cama. Había sido un largo día, o al menos, yo tenía esa sensación. Ya sabes, no es lo mismo... Sólo deseaba fundirme entre las sábanas y desaparecer. Por horas, por días, por semanas. ¿Qué más daba eso? Pero la cama parecía más grande que de costumbre. No conseguía encontrar el punto exacto donde dormir nuestro recuerdo. Las horas, más que volar, aquella noche corrieron la maratón de nuestros besos. Me pasé la madrugada buscando el lado frío de la almohada, pero no encontré nada más frío que el saber que tú no estabas. Las sábanas se convertían en motivos, respuestas o simplemente, en tu voz una noche de jueves. Sentía como si las caricias que nos dimos se hubieran quedado impregnadas en mi piel y que aquella misma noche, tenían que ser curadas de urgencia porque después de un tiempo sin ti, se han convertido en heridas. Curiosamente, tus promesas acurrucadas en mi oído quemaban más que el fuego, incluso más que el hielo, y no me dejaban oír el silencio de la noche. Ya no sabía qué hacer, pero no podía parar de pensarte. No sé cómo, pero aparecía tu sonrisa de repente. Hasta podía dibujar con mis dedos el contorno de tus labios. Eso me arrancó varias sonrisas pero a la vez me desgarraba el hecho de estar así contigo. Intenté dormir, te lo prometo. Me decía a mí misma que había pasado un buen día al fin y al cabo, y que para despejarme, recordara las calles que jamás había pisado hasta ayer. Pero es que hasta el edificio más alto de aquella acera me recordaba a tu orgullo y el cielo inmenso a la libertad que sentía al estar prisionera entre tus brazos. Supongo que ahora comprenderás las ojeras en el espejo y los labios cortados de llorar de menos.
Y bueno, ¿sabes eso que dicen que las comparaciones son malas? Pues... te comparé. Sí, lo hice. O al menos lo intenté. Intenté compararte entero, hasta las pestañas. No sé exactamente el por qué, pero lo hice. Tal vez recordé a mis amigas diciéndome cosas como "no te merece", "no era el adecuado" o la peor de todas: "hay muchos más peces en el mar". Pero lo fascinante es que me sentía capaz de compararte a todas y a cada una de las cosas más maravillosas de la vida. Increíblemente, te comparé con un atardecer. Ya sabes cuánto me apasionan y lo mucho que consiguen hacerme sentir afortunada. También te comparé con mis libros, con cada uno de sus versos e incluso con mis capítulos favoritos. Te comparé con un anochecer por una playa solitaria, de esos en el que el único sonido perceptible es el de las olas rompiendo en la arena y el único contacto es el agua que acaricia los pies. Te comparé con las canciones a todo volumen, al compás de la música en cada latido. Incluso a los suspiros y a los abrazos de más de diez minutos. A un chocolate caliente en unos labios cortados un día de invierno. A los sábados soleados y la lluvia de los domingos. A la sensación de perder la mirada en el mar infinito. A un beso robado y no con ello inesperado. A las miradas cómplices o simplemente, a esas que lo dicen todo. Al abrazo que te quita el frío y a la sonrisa que te quita el sueño. Y curiosamente, te comparé con el hombro que todos necesitamos para llorar y con el hombre que todos necesitamos para reír. Pero me di cuenta de que no podía. Me di cuenta de que no puedo. ¿Qué quieres que le haga si tú eres mucho más que todo eso?
Y ahí fue cuando supe que tenía que escribirte.
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