miércoles, 25 de septiembre de 2013
Desastre no deseado.
No avanzamos. El tiempo va a cámara lenta y nadie está llevando la cuenta. Que no pasan las semanas como días de verano, que no pasan los minutos como segundos embalados. Ya no me quedan más de sus abrazos, de sus labios pronunciando algo que odio y a la vez amo. Ahora cuentan las horas vacías y parece que les gusta multiplicarse por sí solas. Ya no te cojo de la mano, ahora cojo un maldito bolígrafo para rellenar hojas en blanco. Y es que ya no valgo para las escapadas a la luz del sol del mediodía. Ahora me controla una agenda y unas asignaturas definidas. Llevo dos semanas pero apuesto por el mes y medio. La fiebre me sube a la cabeza, como todos los días lo hace la pereza. La palabra rutina es demasiado bonita para lo que significa. Y es que las clases serían mejor con chocolate en la mesa y un refresco bien frío, o dos. Me pesan demasiado las horas acumuladas. Mi mochila no solo lleva libros, carga las horas todo el día de arriba para abajo. La clave de mantenerme despierta es llevar la cuenta de mis bostezos y recordar todos aquellos momentos. Que se fueron, que ya no volverán. Que nada será igual que aquello. Mi espalda lo sufre todo y mucho más. Que el estrés me quiere como primer plato, segundo y de postre quiere a mi alegría. Las ganas ya se las comió los primeros días. Y todavía no ha comenzado el desastre. He empezado escribiendo con un boli de poca tinta en un papel que era para tirar. Y el cansancio me come viva y dormida me come más... Que no avanzamos. Que el tiempo va a cámara lenta y nadie se está dando ni cuenta.
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