domingo, 8 de diciembre de 2013

Ella seguía ahí.

Lo único que sabía ella es que era lo suficientemente tarde. Lo suficientemente tarde para que el mundo ya llevase durmiendo unas cuantas horas. Hasta los dueños de la noche ya habían recogido sus garitos. Hasta las estrellas del cielo ya estaban cansadas de subsistir. Pero ella seguía ahí. Mentiría si os dijese que no tenía sueño. Mentiría también si ocultase que estaba pensando en ti. Dos mentiras equilibradas con un par de cafés y un par de canciones tristes. Pero ella seguía ahí. En una cama que arrastraba recuerdos. En una habitación donde reinaba el silencio. En una marea de pensamientos cada vez más profundos. En una mirada perdida entre líneas de papel... Y es que ella no lograba entender cómo alguien como él pudiera escribir maravillas con un par de minutos. Ni cómo alguien como él pudiese lograr crear historias eternas, formadas por palabras y las palabras por letras. Y por eso ella seguía ahí, porque estaba dispuesta a encontrar la respuesta. Aunque aquello le llevara días, meses o incluso años. Quién sabe si toda una vida. 

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